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Crónicas del Alma

Al finalizar cada intervención solemos volcar nuestras vivencias en ellas, transcribiremos a continuación algunas, redactadas por compañeros del equipo.

Las tres primeras las escogemos por su carácter significativo, corresponden a la primera intervención de quienes en ese entonces aún no habían finalizado sus estudios de Psicología Social. Habiendo sí finalizado su formación, capacitación y entrenamiento en nuestro Seminario y ya integrados al EPS, formaron parte del equipo que intervino ante las graves inundaciones sufridas en Santa Fe en el año 2003. Tuvieron de este modo su “bautismo de fuego”, en este caso… de agua.

Estos compañeros, desde hace años ya profesionales, fueron un pilar invalorable de nuestra tarea en esos días, en que la desolación de la población santafecina, envuelta en papel de angustia, se extendió a todo el país.

 

Lo que el agua nos dejó

por Celeste Sepaquercia

José Rubio y Jesús Aguilar: ”Mas tarde nos buscaron a nosotros y nos dejaron en la ruta y desde ahí llorando veíamos lo que quedaba del barrio que nos vio nacer”

Paola: “…Estoy escribiendo y tengo un nudo en la garganta, ya no tolero esta situación de saber que quedamos sin nada, cómo volver a empezar si nos costo tanto tener lo que teníamos…”

-Fragmentos tomados de relatos que José, Jesús y Paola escribieron sobre la situación que están viviendo.  

Aún no encuentro la manera de poner en palabras todas las imágenes que quedaron en mí desde que volví de Santa Fe, aún no puedo identificar muchos de los sentimientos que cada una de éstas me produce, realmente es muy confusa la sensación que tengo.

Desde que regresamos de la intervención que no puedo dejar de recordar todo lo que viví, desde lo mas pequeño e insignificante hasta lo mas grande de lo acontecido, recuerdo las caras de los niños tratando de buscar en su inocencia respuestas que no aparecen, los rostros de ancianos que ya cansados de remar deciden hacerse a un costado y sentarse a esperar, las palabras de muchas personas que marcan un antes y un después de la inundación. Realmente es muy confuso y muy difícil de entender.

Hoy me siento y revivo cada momento, desde la primera intervención, cada palabra, cada situación, cada lugar, todo me da vueltas en la cabeza.

La primera intervención comenzó el Sábado 10 de Mayo, parece que fuera ayer cuando entramos en la estación del ferrocarril Belgrano y descubrí que ahí dentro había otro mundo, gente durmiendo en el piso, atravesados por un frío seco y un silencio infinito, en cada sector muchos habían tratado de separar con mantas buscando su lugar, buscando encontrarse con su intimidad; allí conocí a Estela Maris, la enfermera encargada en ese momento y fue la primer persona con la que hablamos, ella nos contó qué hacía, cuanto hacía que estaba allí y como era el ambiente en ese lugar, realmente se la veía conmovida pero trataba de no demostrarlo, hasta que le preguntamos cómo se sentía, en ese momento se conectó con sus sentimientos y aunque quiso disimularlo sus ojos se llenaron de lágrimas delatando su situación.

A las 8:30 de esa mañana comenzamos a caminar entre la gente que se encontraba en el Centro de Evacuados, ese día trabajé en conjunto con Javier (Devesa) y con los primeros que hablamos fue con una familia de Tobas. Luego de un rato nos despedimos y comenzamos a caminar por esa inmensa estación, caminando nos dimos cuenta de que había muchos chicos y decidimos hacer algo con ellos, aún puedo recordar esa inmensa ronda en la que aprendí el verdadero valor de una sonrisa, en ella aprendí el significado de un abrazo que pide amor, que demuestra las necesidades y las carencias de afecto. Jugamos con los chicos un largo rato y pude ver en ellos la necesidad de encontrar un lugar donde pudieran escapar de esa pesadilla.

Y así fue, jugamos y jugamos hasta llegado el mediodía momento en que nos retiramos del Centro.

Esa tarde fuimos a los barrios afectados, al primero que fuimos fue a Barranquita, allí charlamos con las personas que volvían a las casas en las que el agua ya había bajado y realmente fue chocar con la realidad, fue tomar conciencia de lo que la frase “perdí todo lo que tenia” significaba, fue conectarme con la sensación de vacío y desamparo que muchos de los evacuados tenían, fue poder ponerme en el lugar del otro.

Mas tarde fuimos al barrio Chalet en el cual el agua todavía decía presente, puedo ver aun a las personas entrando en botes a buscar lo poco que el agua les había dejado, puedo oír a una mujer que mirando sus cosas decía “mira mi cama matrimonial, mi marido no va poder empezar de nuevo”.

Cada momento, cada paso que daba era encontrarme con casos diferentes, era como una película con diversos actos y actores.

En este lugar encontramos gente que buscaba sus cosas, gente que no quería salir de sus casas, gente que no quería regresar a sus casas, y gente que aunque ya no vivía en el lugar lloraba por ver como el lugar que lo vio crecer estaba cubierto de agua.

El domingo 11 de Mayo volvimos al Barrio Chalet, pero esta vez estuve en un lugar donde la gente se había instalado en carpas frente a sus casas. Ahí se produjo el encuentro con Romina de 17 años, realmente parecía tener la mirada perdida, como si estuviera soñando, pudo hablar de todo lo que le pasó y le pasaba con la inundación, en su relato muy detallado y preciso pude revivir con ella las situaciones que más le dolieron como por ejemplo cuando contaba que el primito de 5 meses se cayó al agua y casi se ahoga, o que con el agua en el cuello tuvo que nadar para buscar un bote, entre gritos y miedos.

Finalmente comencé a caminar por el lugar tratando de asimilar cada cosa que veía, que oía y sentía, que por cierto no eran pocas.

Ese día nos retiramos del lugar y nos volvimos para Buenos Aires.

El día jueves 15 de mayo partimos nuevamente rumbo a Santa Fe con otra parte del equipo, moría de ganas de llegar y de ponerme en contacto con la gente, pero algunos obstáculos de tipo institucional hicieron que esto se demorara un poco.

Al día siguiente pudimos contactarnos con el Centro de Evacuados establecido en la Escuela Sarmiento, esa tarde fuimos al Centro y mientras Rodrigo y Susana participaron de una reunión con los docentes, nosotros fuimos entrando en contacto con la gente, allí conocí a Carlos de 80 años que estaba solo, él cuenta que el agua arrasó con todo y que apenas pudo salir de su casilla. Su interés estaba centrado en un carro con el cual trabajaba que había quedado en la casilla, por tanto cuando bajara el agua iría a buscarlo. Mientras contaba esto yo pensaba qué pasaría en caso de que su carro no estuviera y decidí preguntárselo, el me miró a los ojos y me dijo “y bueno, lo tendré que volver a armar”.

Luego de un rato saltó el tema de los recuerdos, y con lágrimas en los ojos me comentó que perdió el par de aros de oro que era lo único que le quedaba de su mamá. Este caso es un ejemplo de los muchos que han sufrido la perdida de su historia, de esos objetos que nunca más se recuperan como lo son las fotos, el primer dientito, el primer escarpín.

Hablé también con Ignacio de 68 años, (ciego) que perdió todo, me contó de su desesperación cuando sentía que el agua subía y que no sabía por donde escapar, y que si no fuera por su sobrino no sabe que sería de él. Su mayor deseo era recuperar la vista, y de esta manera podría armar nuevamente un ranchito para poder vivir. Con lágrimas en los ojos fue poniendo en palabras el miedo, la angustia, la soledad y las necesidades que tenía, al despedirnos, tomándome la mano me dijo: “Celeste… siempre te voy a llevar en mi corazón”.

Así estuve todo el día, escuchando relatos en su contenido muy parecidos pero con un toque personal dado por la subjetividad de cada persona con la que estaba, pude notar así la necesidad de contar y de volver a contar lo que había ocurrido, como si necesitaran convencerme o convencerse ellos mismos de lo que había ocurrido.

En muchos casos o creo que en la mayoría, aparecieron duelos pasados, problemas de otra índole que van más allá de la inundación, lo que mostraba la necesidad de ir reconstruyendo su historia y su pasado.

Así pasaron los días, escuchando, acompañando, existiendo al lado de… Y así pasaron los días en los cuales trataba de buscar dentro de mí muchas respuestas que aún no encuentro, ahora pregunto y me pregunto ¿qué pasará después? ¿cómo termina todo esto que recién empieza?…

Llegado el último día que asistiríamos al Centro creía que no quedaba mucho por hacer, si bien había casos con los que no habíamos estado yo creí que nuestra tarea estaba realizada hasta que comencé a hablar con Jesús, Mauricio y Dante, conversando un poco de todo noté que no querían hablar de la inundación, no sé bien cómo ni de qué forma empezamos a cantar, algo que les hacía muy bien, creo que en este caso las emociones las liberaron por medio del canto, a través de canciones que se relacionaban con lo acontecido como lo es Volver a empezar. Realmente este fue un caso que me dejo sorprendida, por que pude encontrar la forma de que se descargaran sin necesidad de conectarse con el “agua”…

Y bueno, llegó el día de las despedidas, realmente no quería volver a Buenos Aires pero no podía hacer otra cosa, comenzamos a saludar y noté que en cada saludo dejaba algo, pero también me traía algo que cada persona había provocado en mí.

La verdad es que fue muy duro despedirme de todos, mis ojos llenos de lágrimas me delataron al igual que delataron a Estela Maris aquella primera vez en la estación…

Finalmente el martes 20 de mayo partimos rumbo a Buenos Aires, ahora el problema estaba en cómo iba a acomodar todas las ideas, imágenes y frases que quedaron en mi cabeza y que seguirán quedando por siempre por que fue y será una experiencia única e inolvidable…

Quiero agradecer a: Hilda, Roberto, Yamila, Mariela, David, José, Paola, Rosita, Víctor, Florencia, Carlitos, Carlos, Yanina, Norma, Ignacio, Ezequiel, Jesús, Rocío, Alicia, Priscila, Tomy, Vanesa, Mauricio, Mariano, Cristian, Samuel, Mariana, Loli, Tomasa, Mariela, Romina, Milton, Hilda, José, Ana, Margarita, Eusebio, Gastón, Laura, Hernán, Graciela, Mónica, Amparo, Carla, Aylen, Eugenia, Guadalupe, Nicolás, Dante, y a todos aquellos que observaron y participaron desde su silencio.

A todos ellos quiero agradecerles por:

  1. Abrirme sus puertas y enseñarme a abrir las mías.
  2. Por enseñarme el valor de la sonrisa.
  3. Por enseñarme el valor de una canción.
  4. Por mostrarme otra forma de ver la vida.
  5. Por pronunciar frases que quedarán guardadas en mi corazón.
  6. Y por ayudarme a ver que los inundados no son sólo una simple masa de personas que quedaron sin techo por culpa del agua, sino que ahora para mí los inundados pasaron a tener nombres, sentimientos y caras que nunca voy a olvidar.
 

Sábado 24 de mayo de 2003

 

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Crónica de Santa Fe

por Rodrigo Lema, alumno del segundo año de la carrera de Psicología Social  e integrante del equipo de Emergencias Psicosociales.

 

¿Cómo estás? Bueno, para poder explicarlo, para ponerle palabras, tengo que decir por un lado, tal cosa, y por otro lado, otra cosa. Disociación instrumental. Me resulta difícil asociar. Charlando, un amigo me preguntó: pero todo lo que pasaste, es una vivencia bárbara, ¿no? Ahí empecé a conectarme. Tengo la sensación de que es un gran bocado de proteínas y vitaminas, pero para sacarle esos nutrientes hay que tragarlo, digerirlo. Lo estoy digiriendo. A mi tempo.

Cuando partió el primer grupo hacia Santa Fe no podía con mi alma. Sentía que se me pasaba la oportunidad de viajar. ¡Tenía una bronca! Una de esas broncas que salen desde bien adentro. Ahí pude darme cuenta que desde acá, desde Buenos Aires, también hay mucho para hacer. En algún momento pensé que, tal vez, mi lugar en este operativo estaba en Buenos Aires. Qué lugar tan importante que ocupan los que se ocupan desde acá mientras todos están allá.

Al volver a casa tuve una sensación muy fuerte. Estuve en Santa Fe, en el Centro de Evacuados y recorriendo los barrios, conectado con las personas, con sus pérdidas, con todo lo que no tienen. Entrar a mi casa, ver todo limpio, ordenado, la tele prendida, la heladera enfriando. Mi cuarto, con la cama hecha, con todos mis libros. Todo eso también soy yo, forma parte de mí. Me conecté con lo que tengo.

A mí llegó todo muy rápido. Un llamado el miércoles por la tarde y el jueves al mediodía ya estábamos arriba de la camioneta. Llegamos al Colegio de Psicólogos, nos instalamos en el hotel, cenamos, charlamos, y me sentía incómodo, como si estuviera en pre tarea. Me faltaba empezar a estar con la gente. A la mañana siguiente todo fue muy difícil. Tuvimos un gran desencuentro con nuestra tarea. Se nos jugaron miedos y ruidos, cosas no dichas, ansiedades e indecisión. Me acordaba de Alfredo con su presente continuo. No se terminaba nunca. Decir lo no dicho, confrontar hablando desde cada uno, colaborar y aportar, co-pensar, o muy bien dicho: darle otra vuelta más a la rosca. Esto marcó en mí un antes y un después. Pude ver, por primera vez, que Santa Fe estaba shockeada. Los inundados, los voluntarios, y seguramente los miembros del Colegio de Psicólogos también. No teníamos que ir a vendernos, ni a buscar ocupar un lugar. Simplemente teníamos que propiciar ese encuentro con ellos. Escuchar su necesidad sin que se nos jueguen las nuestras, la mía, y disociar para desplegar la mejor estrategia.

Estuve pensando muchas cosas. Sobre el ritmo alienante que tenemos, que tengo. Sobre el virus de realidad virtual que emana de los televisores. Rendí un examen en la facultad y estaba muy tranquilo, realmente muy tranquilo. Claro, pensaba, cómo estar nervioso si no es más que un examen. Vos estás con la cabeza en otro lado. Volvé a la realidad. Mi pregunta es: ¿cuál es la realidad? ¿la que te lleva a vivir como extremas situaciones que no lo son? ¿la que te hace mirar para otro lado cuando hay dolor y desilusión? ¿la que parcializa nuestro sentir depositando todo en el afuera?

Mi primer acercamiento fue, junto con Javier, a Margarita, la vicedirectora de la Escuela Sarmiento, y a Martín, profe de educación física y voluntario. Ellos nos invitaron a la reunión de docentes en la que sentí estar en el lugar correcto. Había muchos docentes y auxiliares que, cuando comenzamos, estaban llenos de angustia, dolor y bronca. Fue gratificante, al terminar la reunión, escucharlos hablar de oportunidad y esperanza.

Necesito entrar en crisis para poder aprender. Ahora sé que hay muchas cosas más que quiero aprender.

Revivo el encuentro con Víctor, junto con Javi, y recuerdo verlo al día siguiente afeitado y prolijo. Revivo el encuentro con Hugo, con Gonzalo, Rosita, María Inés, Hernán, Nora. Y revivo el encuentro que no fue con Cristian, o con Luís.

Cuantas cosas se me jugaron. Tuve que romper prejuicios y correrme mil veces de lugar. Tuve que enfrentar miedos. Sobre todo el miedo a la indiferencia. Porque esa indiferencia me protege de muchas amenazas. La indiferencia tapaba mi miedo a perder lo que tengo. A perder a mi familia. A perder mis estudios. A perder mi cama. A perderme entre tanta agua sucia y fría y no volver a encontrarme.

Capítulo aparte de mi sentir para encontrarme (ellos se me acercaron) con Hilda, con Yamila, con Robertito, con Ana y con cuanto enano se me cruzara. Reviví ser chico y jugar, pero con una necesidad de afecto que salía por los poros de la piel de sus manos y sus caras. Cada vez que los abrazaba, o cuando se me trepaban en la cabeza sentía que podía estar con ellos para siempre. Con la incondicionalidad de quien no soy. Sentí que también necesitaban una mirada más fuerte, una guía, un camino. Sentí que también necesitaban un límite que indique el sentido para tanta energía, para tantas ganas de vivir.

Mi lugar estaba allá, junto a ellos, pero al mismo tiempo, mi lugar está acá. Mis dos partes se vuelven una, de a poco, y ese enorme caos, esas dos realidades tan diferentes, reflejan en mí partes de una misma cosa. Todos somos uno y uno elige qué hacer con todos.

“Nadie puede dar lo que no tiene; la calidad de lo entregado depende de la calidad de quién lo entrega. De ahí la importancia de elevar la calidad humana de nuestra persona”.

Rodrigo

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Soy mas débil de lo que crees, si no estás conmigo me marchitaré…

por Javier Sosa, alumno del tercer año de la Carrera de Psicología Social del CAEPS Luján e integrante del equipo de Emergencias PsicoSociales.

 

- ¿Qué sentimientos se juegan a la hora de plasmar en un papel (seco), una síntesis, una crónica de la intervención del EPS en la Ciudad de Santa Fe?

- ¿Cómo poner en palabras un sinnúmero de emociones y sensaciones que tienen rostro, nombres, lugares?

- ¿Cómo hablar de la inseguridad y el miedo que tuve cuando a solo 100 metros de llegar escuche las palabras “cabina técnica”?

- ¿Cómo plasmar la bronca y la impotencia cuando ya en Santa Fe, escuché: “Nos piden que vayamos a repartir kits de limpieza”?

- ¿Cómo describir en este papel (seco), la tristeza ante la posibilidad de “volver a Buenos Aires” sin aún haber hecho nada?

- ¿Qué decir ante semejante monto de ansiedad retenida?

- Ansiedad, angustia, tristeza, rabia, bronca, miedo, se fueron remplazando poco a poco, como el agua que vuelve al río, en seguridad, satisfacción, alegría, amor, proyecto.

- Pero aquí, puestas en un papel (seco), son nada más que palabras, en cambio puestas en el cuerpo son algo más, cuanto más.

- Durante poco menos de cinco días dio vueltas en mi cabeza la palabra “desborde” (hablando de palabras), realmente no tengo registro de por cual de mis sentidos se metió, pero anduvo ahí hinchando; será cuestión que la meta nomás aquí para que no quede tan guacha pobre.

- Percibí a la ciudad de Santa Fe de la Veracruz (como dice el mapa), como un pueblo desbordado, con todo lo que esta palabra implica y todas las analogías que se les ocurran. Un pueblo desbordado de angustia, dolor, temor, desesperanza; donde uno mirara veía rostros impregnados de estas sensaciones. Miradas que fotografiadas y puestas en un álbum harían la delicia de más de un melancólico; pero que en su medio, en su natural vida cotidiana, reflejaban más bien una imagen de vacío, de la película en pausa, de la nada. Los habitantes de Santa Fe ya no serán los mismos.

- Perdido entre estas miradas, me encuentro con la mirada de José, de solo 19 años, evacuado junto a su familia en el Complejo Sarmiento, quien describe con elocuencia: “desde la ruta, miraba como no quedaba nada del barrio que nos vio nacer”, contando como sobre su casa del barrio Centenario habían 7 metros de agua.

- Pienso entonces en más palabras, y digo: cuando el agua viene y lo tapa todo, cuando hay que irse para salvar la vida, cuando se es obligado al destierro y al abandono de la historia, cuando hay que dejar, como dice Paola de 21, novia de José: “eso que nos costo tanto construir”, cuando todo eso sucede y se va a parar a dormir con lo puesto (mojado) al aula de una escuela (en el mejor de los casos), se es un evacuado, una condición transitoria, pasajera. En un diccionario (seco) encontraremos que evacuado es aquel que tuvo que desocupar algo, además etimológicamente remitirá al latín exvacuus, o dejar vacío algo, sus sinónimos: abandonado, retirado, desocupado, dejado. Montones de palabras que darían lugar a tantas otras. (Habría que tirar los diccionarios al río y reemplazarlos con un florero con agua del río).

- Pero ya que andamos entreverados con las palabras, cuando el agua se va y no deja nada, por que como dijo Milton de 21, de San Lorenzo: “el agua siempre se va”, cuando se comienza a volver de ese transitorio destierro, cuando se retorna en búsqueda de esa historia ahogada, cuando ya no está “eso que nos costo tanto construir”, y ya no hay rastros “del barrio que nos vio nacer”, ¿eso, como carajo se llama?

- Alguna vez aprendí que la principal herramienta del psicólogo social es la pregunta; Entonces pregunté: ¿y quién tiene las respuestas? Hoy como en ese momento, tan sólo se me ocurren preguntas, y a pesar de tantas palabras, no veo allí las respuestas.

- Quizás estén en el rostro arrugado de Tomasa, de casi 70 años del Barrio San Lorenzo, que atesora una foto de su marido muerto hace un año como testimonio de una vida de lucha que se deja ver en cada una de sus arrugas, sus manos frías reciben el calor de las mías; más tarde será ella quien trasmita ese calor. O quizás en Rosita, su hija, de 24 años que repara su bicicleta rescatada del agua, casi abogada, entre tímida y juguetona, se niega a llorar y ofrece de sus manos un metecocido con leche; más tarde agradecida, obsequia su corazón en un paquete de masitas. O tal vez estén en Mariana, de 17 años, del Barrio Santa Rosa, que con su rostro angelical y mirada transparente, sostiene su beba de 8 meses que “no tiene papá” y me invita a contarle nuestra tarea; me ayuda a comprobar que los 4 pasos no son solo teoría y que con cal se matan los bichos.

- Y ya los rostros se me confunden, y veo ahora a Romina, de 19 del Barrio Roma, que con lágrimas en los ojos mira a su hija Loly tambalearse en la escalera, sabiendo que ella también necesita una explicación de lo que pasó.

Y me quedo viendo a Carlos, solo, sentado en el hall de la escuela, seguramente viendo su carro flotar entre los palos del mate lavado que chupa.

- Y pasan por mí, imágenes confusas, como si el Centro de Evacuados ya no fuera tal cosa, más bien sería una Terapia Intensiva del Alma, donde cuerpos, nombres, edades, rostros anónimos, buscan auxilio. A estas “palomitas blancas” como escuché a alguien decir en la calle, o la “invasión de escuchadores” que alguien nombró en la escuela. Se me ocurre pensar, mirando nuestros atuendos, que seriamos más bien los fumigadores, obstinados exterminadores decididos a eliminar el bicho de la angustia, la desolación y la desesperanza. Tan escurridizos como el agua, nos metemos en los pasillos de la melancolía esparciendo el sol, que por esos días no quiso mostrarse en Santa Fe.

- Y buscando el sol, como no ver a Mariela y a Paola, que bajo sus uniformes azules esconden tan profundo dolor, que día tras día respiran la misma desolación, que sufren por sus amigos, compañeros y por tener que enfrentarse a todo sin perder su rol. Como no ver tras los vidrios (mojados) a Milton, de 21, del Barrio San Lorenzo, con su cuello polar a modo de gorro, contándome que se lo dio Susana Gimenez y llorando por que sus hijos escucharon a un Piñón Fijo trucho. Como no ver a Florencia, que como salida de la nada me sonríe, mirándome con ojos brillantes a través de los vidrios (húmedos) de sus anteojos, se acerca y me pregunta como le queda la ropa que lleva puesta, diciéndome que en 19 años es la primera vez que no tiene ropa de ella.

- Cómo no ver las almas desnudas, cómo no ver estos cuerpos sin darse cuenta de que las ropas no les pertenecen. Si tuvieran un espejo, quizás ni ellos mismos se reconocerían, quizás hasta olvidarán sus propios nombres, ni siquiera con la vestimenta afirman su identidad. Como Jesús, sufriendo el calvario de sus zapatillas nuevas (secas) un número más chico. O Mariela, puesta dentro de un pullover tres talles más grande. La ropa de Mariela podría haber sido Silvia, pero no era Mariela.

- En el patio, inundado también, es imposible dejar de ver en los ojos de Priscila, Noemí, Rocío, Tomy, Ignacio, Ezequiel, Hilda, Ana, Loly y tantos otros niños que subidos al árbol, se salvaban de la inundación, que desde lo más alto relatan sus heroicas hazañas y evocan imágenes de niños, de juguetes, de agua.

Cómo dejar de ver la imagen de Loly con sus brazos abiertos llorando, lanzándose del árbol en busca de un sostén donde descansar y dormirse. Imágenes que llenan el corazón e “inundan” el alma, que nos hacen re-sonar e identificarnos, trastabillar nuestra tan trabajada disociación y tomar conciencia de que nosotros también tenemos los zapatos llenos de mierda.

- Así, como no ver a Myrna como una madre contenedora, a Susy como la tía cómplice y divertida, a Rodri con su templanza, a Javi, a Andre, a Cele y a Sandra, mis compañeros y ya partes de mi corazón. Cómo dejar de ver tantos mimos y cuidados, tanto aguante y comprensión.

Cómo no ver al equipo que trabajó hacia afuera y hacia adentro, que pese a tanto viento desfavorable remó en la espiral dialéctica, movió los roles y se adaptó activamente a la realidad que Santa Fe propuso. Acompañamos y nos acompañamos, sabiéndonos producidos pero a la vez productores, necesitándonos, conectándonos con la necesidad del otro pero a la vez trabajando en nuestras necesidades.

- Trabajando los emergentes, observando la necesidad de David, de 25 años, del Barrio Centenario, de contar su historia, su trabajo de “chorro” y su adicción a las drogas.

Poniendo los límites necesarios para la tarea, y el hombro a Mariela, cansada de los golpes de su marido. Buscando el modo de brindar la ayuda que nosotros no podíamos dar a Yanina y a sus dudas existenciales. Porque ¿cómo no trabajar lo que el pasado del agua había hecho emerger?

- Y acá no puedo dejar de ver a Silvina, la psicóloga con quien intercambiamos curaciones, nosotros curamos su descanso y ella curó nuestra panza.

- A esta altura de la intervención, algo atravesó el ECRO del EPS. ¿Cómo trabajar el hecho traumático inundación, cuando ya la inundación era tan sólo un problema más entre tantos?, entonces hubo que pensar en “dejar algo”, algo así como un aprendizaje para la vida, ese juego del que no nos enseñaron las reglas y los cuatro pasos eran un buen regalo.

- Hoy, en frío, una idea me da vueltas en la cabeza, releo lo que Carlos escribe de la primera intervención, y me pregunto: ¿Cuál es la catástrofe?

- ¿Es la catástrofe que un capricho del viejo y grande río Salado provoque la crecida más grande que se recuerde en Santa Fe?

- O será mas catastrófico que miles de caprichos de unos pocos y pequeños dirigentes hagan que día a día millones de Argentinos en Santa Fe, Chaco, Corrientes, La Pampa, Buenos Aires, y todo el territorio, vivan con el agua al cuello?

- Por que cuando el agua baja, “el agua siempre se va” diría Milton, la sensación es la misma de antes, la soledad, el abandono y la marginación, perduran.

- Quizás esta inundación haya sido el disparador para que cierta clase política inútil deje de mirar a los costados sólo cuando hay elecciones (aunque es época de elecciones), o para que gran parte de nuestra conformista y poco memoriosa sociedad despierte de su letargo, salga de la guerra que pasa la TV., deje de creer en el “asistencialismo” barato y de una vez y por todas entiendan el verdadero significado de solidaridad.

- Visto como José desde un costado más pesimista, quizá sea que: “Acá, ahora están todos preocupados, ¿sabés qué pasa?, los negros coparon el Centro, además se les llenaron de agua las casas a los abogados y a los curas. Ahora nos dan de comer bien, unos quieren que los votemos, los otros nos dan un colchón si vamos a las marchas”.

- Como sensación me queda grabado esto de “emergencia” real, que creo que sin dudas, va mucho mas allá de la tragedia, mas allá de los ahogados, mas allá de la pérdida y destrucción materiales que con números largos vemos en televisión, la verdadera catástrofe tiene un denominador común de vacío, desesperanza, de ayer, de hoy y de mañana. Algo que no finaliza cuando en Buenos Aires sea más interesante el escándalo del actor de turno. Algo que en las márgenes de Santa Fe de la Veracruz será contado por generaciones.

- Entre tantas palabras, me surge una nueva pregunta: ¿Cómo se vuelve a tener lo que nunca se tuvo?

- En lo personal, creo que la intervención, mi primera intervención con el EPS, me deja con la fuerza necesaria para trabajar el rol, pude dejar de lado mis miedos y dudas, ratificar la teoría y pasar por lo vivencial internalizando y haciendo parte de mi mundo interno un montón de rostros y nombres, coincidiendo con mis compañeros que ya no son los inundados, sino…

- Como experiencia, la sensación de un sueño cumplido y una nueva voltereta a mi vocación.

Para reflexionar, una despedida adeudada, que como diría el profeta Alfredo, el Tiempo ladrón no me permitió. Igual odio las despedidas. Me quedo con seis o siete veces más de lo que dije. (no me pregunten por que seis o siete y no diez)

- Para ellos, gracias por hacernos los testigos válidos de tanta historia que el agua se llevó y tanto dolor cotidiano que el agua reflotó.

- Gracias a Betty y a Cristina por la campera, pesó. Gracias a Irene, Nora, Pato, Hugo, Rodri, por el seminario. Gracias papá y gracias mamá.

* Idealismo: ¡Ojala el EPS no tuviera que existir!

Javier Sosa    24 / 5 / 2003.

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Crónica de Santa Fe

por Myrna Campuzano, integrante del equipo de Emergencias Psicosociales.

Abril del 2003, “Inundación en Santa Fe”, “Sigue lloviendo y la situación se agrava”; “Lluvias copiosas y tormentas siguen afectando a la Provincia de Santa Fe” TRAGEDIA HÍDRICA – CAOS, DESASTRE, CATÁSTROFE” . Esas eran las palabras con que los medios definían a lo que estaba sucediendo en la Provincia… y ¿entonces?… qué… el seminario del EPS (1999); y ahora qué?… cuantas preguntas, cuantas dudas….”Autoconvocarse” era la premisa;… y así fue…y de pronto 4 días después un llamado “va un equipo para Santa Fe, ¿vos podés?… Síii fue la respuesta inmediata; y bueno… esta va a ser la crónica acotada, muy acotada de lo que allí vivimos desde el jueves 15 al martes 20 de mayo/03; digo acotada sí, porque siento que sería casi imposible explicar detalladamente todo lo ocurrido y vivido por el equipo que compartí; éramos 8 integrantes, edades diferentes, 55, 50, 37, 36, 35, 25, 24,19 años; sería compatible? Me pregunté…y mi respuesta fue inmediata, sí, todos vamos por un mismo objetivo, todos recorreremos el mismo camino, y la misma intención, que era brindar apoyo en momentos de angustia pública. Y allá fuimos y allá estuvimos. Surgen los primeros contactos con la gente del Comité de Crisis, …cuántos obstáculos, cuántas dudas… qué fuerza pusimos todos para no permitir que la actividad del EPS se desvirtuara, aparecen las primeras diferencias dentro de los integrantes del equipo…”nos volvemos, nos volvemos” dijo alguien, y ahí me paralicé, aparecía en mi mente, ¿pero cómo?, todas las herramientas que teníamos, dónde la depositaríamos?… si apenas estamos empezando y ya aparecía una propuesta de volvernos… !Qué incertidumbre! ¿corresponderá hacer esto?, ¿estará bien?, y entonces surgió un, esperen, esperen!, pensemos, aportemos, y así fue… se dio una vuelta más a lo ya instalado y salimos nuevamente… ¿espiral dialéctica de Pichon?… Comenzó entonces nuestra tarea en una Escuela que albergaba a 220 personas aproximadamente… y ahí estábamos todos… intentando aplicar los 4 pasos que el EPS nos enseñara, la angustia colectiva ¡cuánto ruido interno! ¡qué duro!, vibrar con el otro ¿podré?; conectarse con el otro ¿podré?; distancia óptima ¿lo lograré?…entonces pensé, que si los medios de comunicación convocaban a los especialistas en salud mental, esto denotaba la aceptación de las consecuencias psíquicas que generaría el desastre, y entonces empecé a tranquilizarme, y comenzó la tarea… el primer paso del EPS; “lograr el encuentro”; …no me fue muy difícil, para nada, tal vez por una cuestión de personalidad, tal vez por costumbre laboral, o simplemente por una necesidad personal de poder lograrlo, el segundo y tercer paso había que empezar a aplicarlo, pero… qué pasaba con el último paso?, la duda me inmovilizó, seguí actuando pero sintiendo mucho, mucho ruido interno, …toda esa gente, estaba instalada desde hacia mas de 15 días en el lugar, y en la mayoría de los casos, el proyecto ya estaba instalado, qué difícil, cuántas dudas…

Paola de 21 años decía ” estoy esperando que baje el agua para ir a limpiar”; Guadalupe de 19 años: “estamos esperando que el Gobierno nos dé algo y vamos a volver con lo que tenemos” Marcelo de 36 años “estamos acá hasta que baje el agua, mi hermano y yo estamos trabajando porque por suerte el lugar donde trabajamos no se inundó”; Gisella de 24 años: “Cuando baje el agua volvemos, me consigo una garrafa y chau …empezamos de nuevo; Mónica de 39 años “estamos bien…yo sigo trabajando, soy portera, si la casa está arruinada nos vamos a alquilar algo”, Mauricio de 18 años, “ahora voy a averiguar qué nos van a dar para construir la casa y nos volvemos; Raquel 54 años, “yo sigo trabajando en el Hospital, si la casa no sirve nos alquilamos algo”… Revisaba mis anotaciones, y sentía que el proyecto ya estaba instalado, algunas personas esperan la solución desde el afuera (de entidades Gubernamentales), otras confiaban en reconstruir, otras en alquilar, todas esas respuestas me generaron muchas dudas, el último paso que el EPS nos enseña ya estaba, y ahora… ¿es pertinente seguir? ¿corresponde? ¿seremos operativos? Dudas, dudas, dudas,… y bueno… en los encuentros nocturnos con el equipo lográbamos exponer todas las dudas y lográbamos una vuelta más, y así llegamos a la conclusión que debíamos continuar para lograr los dos pasos intermedios.

El último día en la escuela fue muy duro para mí, llegaba la despedida, llegaba la partida… “todo punto de llegada tiene un punto de partida”… ya las personas estaban familiarizadas con nosotros, sonreían al vernos, venían a saludarnos, algunos se alegraban, otos decían “los estábamos esperando”, otros, “me re va lo que hicieron con nosotros”, otros, “qué bueno que vinieron a estar acá”; una docente dijo “siento que se tranquilizaron un poco más a partir de la llegada de Uds.” Mariano, un docente voluntario dijo: “estuvieron preguntando por Uds.” Me resonó mucho la frase que había en el pizarrón del pasillo central “Domingo, fotografías familiares, se saca 1 foto por familia, si llueve no”, pensé qué bueno, empiezan a reconstruir sus historias. Estas nuevas fotos familiares pertenecerían a un después de la tragedia que les toco vivir… y sentía que yo pasaba ya a pertenecer en parte a sus historias… y bueno… explicar mi sentir es muy difícil… siento que algunas veces fui suplementaria, otras complementaria, sentí que en el equipo actué en una diversidad de roles. Aún me queda la duda de saber si lo que hicimos estuvo bien, o no tan bien. Si pudimos representar al EPS con todos sus principios, si nos faltó hacer algo más, en qué nos equivocamos, en fin creo que esas dudas, voy a lograr salvarlas, solo cuando todos revisemos cada actitud y encontremos los errores para corregirlos y así poder aprender un poco más y ser más eficientes con la tarea que se nos encomendara. Siento que así de pronto, la inundación de Santa Fe, logró que Susana, Rodrigo, Javier, Javier Sosa, Celeste, Andrea, Sandra entren a mi mundo interno, lugar ya reservado solo para ellos.

Reflexionaba también con la palabra “lo impensable”… y agradecía a la Psicología Social que me permitió lograr vincularme con esa palabra y así poder retrabajarme permanentemente.

“Gracias Equipo”…

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De regreso a casa

Por Carlos Sica, Coordinador General de EPS.

 

Tan duro como la huída. Cuando las aguas suben el miedo crece, cuando las aguas bajan, crece la tristeza.

El regreso a casa. Con la esperanza empujar al miedo, con la esperanza empezar de nuevo.

Juan, alrededor de 30 años, habitante del Barrio Chalet dice: “…esto para mí es como el juego de la Oca, los dados me dicen; vuelve al punto de partida, y yo vuelvo. Pero me pregunto, ¿mi viejo, podrá empezar de nuevo?”

En nuestra tarea de contención emocional hemos escuchado cientos de historias crudas, dolorosas.

Registramos con el alma crónicas de un acontecer impiadoso.

Nuestros oídos escucharon interminables inventarios de cosas perdidas.

El agua se llevó vidas, pedazos de historia, hizo naufragar la identidad de miles y miles de seres que tendrán que empezar de nuevo.

Ya no están ni las fotos ni los objetos que pretendían detener la evanescencia que produce el paso del tiempo. El registro vívido de la historia familiar. Miles de seres que tendrán que recurrir al “banco de datos” de su mundo interno, para reconstruir su historia, su identidad.

No estuvieron, no están solos. El país entero se identificó y solidarizó con ellos.

Entre otras, la respuesta de los porteños fue inmediata. En algún momento se dijo que sólo salieron a la calle cuando se les toco el bolsillo. Ahora salieron porque la tragedia les tocó el alma.

Por una cosa o por otra aprendemos que siempre es bueno salir, participar. Vacunarse contra el virus de la realidad virtual que emana de los televisores.

En el Barrio Barranquitas acompañamos a las familias que regresaban a sus casas, a lo que quedaba de ellas. Nos hacían pasar, necesitaban más ojos para absorber tanta desolación. El olor pútrido nos envolvía a todos para que no queden dudas de la catástrofe.

Comenzaba la lucha de la esperanza para erigirse sobre el miedo, la bronca y la tristeza. Necesitan contar todo una y otra vez, poner en palabras tanto dolor. Volver a pararse, hacer pie, reconstruir y reconstruirse. Son miles de personas que quedaron encerrados afuera.

El desastre los desalojó del tiempo. De los hábitos cotidianos con los que los seres humanos estructuramos la vida.

¿En qué contexto de país surgió este texto de dolor?

Época de elecciones. Un país entero en búsqueda de su destino.

Representativa y patética la imagen del Centro de evacuados, en la abandonada estación del ferrocarril Gral. Belgrano -como la estación Constitución, un poco más pequeña- familias enteras agolpadas sobre precarios colchones, con insuficiente abrigo sobre el piso del hall central y en la planta alta, atravesados por correntadas de frío que suman a la destemplanza del alma, la destemplanza del cuerpo.

Otrora una hermosa estación, símbolo de un país que pujaba por un destino mejor. Ahora, con sus ramales muertos, símbolo de una clase política corrupta y entregadora.

Es imposible dejar de hacerse estas preguntas; ¿es el río que creció o el país que se hunde?, ¿podremos los argentinos reaccionar ante las alarmas, o sólo seguiremos reaccionando ante las catástrofes?

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